Los héroes de Santorini

Francamente no soporto que nadie toque mis cosas, mi ropa, mis objetos personales. Me molesta que los muevan de lugar, que los acomoden distinto o que simplemente los anden manoseando nomás de a gratis. Si esto me resulta intolerable con mis conocidos, jamás me imagine la sensación al tratarse de desconocidos.

Los eventos suceden cuando menos lo esperamos, ¿no es así? por que les aseguro que lo último en lo que pensaba yo esa bonita tarde de sábado, sin bañarme y con un hambre como de náufrago, era en encontrar las cerraduras de mi hogar tiradas por el piso de la sala. Cuatro chapas tuvieron que forzar para invadir, con aquellos huevos, la privacidad de mi morada. Cuanto tesón debieron tener esos despreciables seres para no dejarse vencer por una ni dos, ni tres ni cuatro cerraduras. Como si mi humilde departamento fuera una chingada bóveda de banco o algo así.

Me baje del carro yo muy fresca y hacendosa, apurada por alcanzar al camión repartidor de agua, no vaya a ser que ya me estuviera faltando un garrafón. Y así, entre las prisas y la falsa sensación de seguridad que nos inventamos todos los días, me encontré con tremendo agujero en la puerta de mi vivienda. ¿Y ahora qué hacemos? le preguntaba mi hemisferio cerebral derecho al izquierdo, mientras mi mano tan veloz e imprudente empujaba la puerta para abrirla. Avancé tres pasos silenciosos y me detuve, sin escuchar ningún ruido, en lo que debieron ser los 10 segundos más lentos de la década. Al final del pasillo, unos calcetines tirados me anunciaban la (nada) buena nueva: ya se metieron a robar.

Con el garrafón bien olvidado y el corazón acelerado salí a gritarle a los vecinos, a pedir ayuda. Silencio. Y entonces mis héroes anónimos de la hidratación, asomándose desde su camión.

-Se metieron a robaaaaaaaar y no se si todavía estén ahí adeeeeeentroooooo

-Orita vamos y nos asomamos señoraaaaaa, usted tranquilaaaaaaa

Y así, armados con tremendo tubo de fierro, que ignoro de donde sacaron (y el cual me pareció más poderoso que la espada del augurio en ese momento) entraron a revisar el departamento. Como ayuda invaluable, yo me senté a llorar en el sillón de la sala, frustrada, impotente y todavía sin entender bien lo que pasaba. Llamé a mi novio, a la chata y al inge más que nada para berrearles en el teléfono cosas poco entendibles y ponerles al tanto de mi situación. Cinco minutos después, yo seguía toda llorosa y llena de mocos. Y ellos ya estaban conmigo.

Finalmente no había ya nadie adentro. Únicamente el desorden, el tiradero de quien busca con prisa las cosas que va a llevarse y por las que no ha trabajado en absoluto. El departamento estaba vacío cuando llegaron, vacío cuando yo llegué. Y vaciado me lo dejaron. Solamente pérdidas materiales, dice la gente. Y pérdida de la tranquilidad y la estabilidad emocional, digo yo.

Han pasado ya cuatro noches, en las cuales no he dormido dos horas seguidas, mientras sigo pensando y pensando en lo que pasó y en lo que pudo haber pasado. Dicen que los peores escenarios están en nuestra cabeza, y pues la mía anda muy creativa últimamente. Y también han pasado cuatro días en los cuales no he parado de trabajar y no he tenido la oportunidad de ver y agradecerles su ayuda invaluable a mis héroes del garrafón.

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