EL MUERTO

FICCIÓN 3

Para ODF, mon amie

Inés es muy estúpida. Quizás es todo lo que tenga que decir sobre ella. En realidad no la extraño en lo más mínimo. He descansado enormemente de su sonrisa ridícula y su parloteo interminable. Es una dicha que no venga a visitarme. Mudarme ha sido de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Dejar la casa paterna y procurarme mi espacio y mis reglas. Bueno aunque no he sido yo quien las establece totalmente. Desventajas de vivir en comunidad, así lo llamo. Orden y convivencia, así lo llaman.

Y la nueva idea de permitir el acceso a la policía. Yo que sé si se trata de seguridad privada o policía estatal. Da lo mismo. Pago mis cuotas y ellos se encargan del resto. En ocasiones hasta de decidir por mí. Me da igual, la toma de decisiones está sobrevalorada. Ni siquiera es una vigilancia real ni me hace sentir seguro. Su autoridad es temporal, por turno y solo entre los vecinos. Aunque debo admitir que desde que encontraron al muerto los veo más entusiastas y dedicados con su trabajo.

En la familia aseguran que se trataba de juegos de niños, pero es un mentira confortante para una realidad que no querían ver. Inés trataba de matarme, lo sé. De ahogarme, para ser exactos. Mis padres lo saben y jamás han pronunciado una palabra al respecto. Juegos de niños, la muy perra. Sus competencias de aguantar la respiración bajo el agua. Estúpida. En la alberca de la casa de los tíos en San Antonio, en la alberca de la casa de los abuelos en Madrid. En la alberca de nuestra propia casa.

Yo sentado en un peldaño de la escalera, en el área poco profunda. Por que ella era muy pequeña y el hermano mayor debía hacerse cargo de ella. Estúpida. Y yo incontables ocasiones con la cabeza sumergida y los ojos muy abiertos, contemplando los olanes de su traje de baño de catarinas o arcoiris, o alguna pendejada de esas. Y ella empujando mi cabeza con todas sus fuerzas, sin dejarme respirar.

Esa niña nació odiándome, pero era difícil darme cuenta al inicio. Todo es tendencioso cuando tienes cinco años. Los padres ponían las reglas y yo una insuficiente resistencia. Se suponía que debía amarla intensamente, cuidarla y protegerla. A la pequeña arpía. Después empezó la historia patética de que su vida estaba hecha y podían morir tranquilos por que los hermanos se acompañarían por siempre en esta aventura de la vida. Ridículos. Y yo cuidaría de ella. Que puta hueva.

En efecto, dejar esa casa ha sido la mejor decisión de mi vida. Así me haya tomado 30 años.

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