RESISTENCIA

Me gusta escribir lo que pienso, pero también me gusta pensar lo que escribo. Reviso los textos antes de publicarlos o presentarlos. A veces una frase, una palabra, algo que sienta que puede mejorarse. No puedo hacer eso hoy. Hablo mucho mucho mucho de salud mental, de como debemos procurarla, estar informados, valorarla, apoyar, etc, etc. Con cada estado, cada foto, cada texto que publico, con que a una persona le sea de utilidad, le caiga en el momento en que lo necesitaba, o le ayude a acercarse y pedir apoyo; con eso siento que una buena parte de lo que hago tiene sentido. Pero casi nunca hablo de mí, de mi experiencia personal, de mis altas y bajas o de como he vivido y convivido con el padecimiento por tantos años. Quizás me da un poco de vergüenza o quizás no quiero aburrir a la gente.

Este texto sale en un momento difícil. Han sido días difíciles, ha sido un torbellino, una montaña rusa y un carrusel. Todo al mismo tiempo. Decidí escribirlo durante la crisis y lanzarlo así tal cual, sin releerlo siquiera. Disculpen las faltas de ortografía, sintaxis y gramática. Muchas veces me han preguntado como se siente, o que se siente estar mal, o una crisis o un episodio o algo así. Intentaré explicarlo.

Es domingo. Escribo esto desde la casa de mis padres, con un termo de agua y una taza de café al lado. El agua por que las medicinas dan mucha sed, el café por que es necesario, y de casa de mis padres por que en este momento mis doctores consideran que no debo estar sola. Es difícil y es muy tenue la línea entre sentirse acompañado y sentirse vigilado.

Las cosas ya se venían arrastrando desde hace tiempo, periodos malos, periodos buenos, modificaciones de tratamiento y todo lo que trae consigo una enfermedad crónica. Yo padezco trastorno bipolar tipo II desde los 15 años de edad probablemente. Desde niña tenía comportamientos extraños, así que quizás la edad de inicio no fueron los 15. Apenas llevo cinco años con un diagnóstico y un tratamiento bien llevado. El bipolar nunca va a consulta cuando trae toda la energía de la hipomanía, nadie va al doctor cuando se siente super bien. Buscas ayuda cuando estás deprimido, por lo que el diagnóstico suele confundirse.

Las cosas se complicaron el martes por la noche, no ocurrió nada excepcional. El estrés normal de la casa, la hija puberta, el trabajo. Ya tarde en la noche empecé a llorar inexplicablemente. Un llanto incontrolable y pensamientos paranoicos sin sentido: que todo estaba mal en mi vida, que nadie me querría en los momentos de crisis, voces, voces, voces, que el futuro era catastrófico, llanto, llanto. Después los ruidos, cada vez más fuertes y claros, y las sombras en la pared tan grandes y amenazantes. Y yo no sabía si era real o no por que no podía moverme de ahí, por que a donde fuera irían tras de mí. Hice lo que suelo hacer cuando mis pensamientos me generan este tipo de miedo (léase cuando tengo un brote psicótico): me cubrí con una cobija y me metí al closet. El hecho de sentirme abrazada por la tela y en un lugar obscuro me tranquiliza un poco en esos momentos.

En algún momento me quedé dormida. El miércoles fue un desastre. Dormir toda la mañana e irme a trabajar confundida y desorientada. Me quedé toda la tarde en el estacionamiento subterráneo del hospital llorando y dormitando. Un amigo me ayudó a conseguir clonazepam (el famoso rivotril) y me tomé unas gotas. Sentada esperando la cita con mi psicoanalista unas horas después. No recuerdo muy claramente. Llegué a la cita llorando y sin decir nada coherente, en eso momento no se ni a que se debía el llanto. Quería explicarle como me sentía, pero creo que era más que evidente. Ella se puso en contacto con mi otro psiquiatra, me mandaron a tomar una dosis mas fuerte de antipsicótico y a cita con mi otro psiquiatra. M me mandó que no trabajara por tres días.

Algo que me estresa mucho de mis crisis es hablarlo con mi familia. Comunicarles que me siento mal. Preocuparlos y no poder responder las preguntas que quisieran hacerme. Siempre trato de aguantar y no decirles. Y eso evidentemente no siempre funciona. Después de dormir toda la mañana del jueves decidí desobedecer e irme a trabajar, en mi afan de seguir con mi falsa normalidad. De las peores decisiones que pude haber tomado. Ni siquiera recuerdo bien que hice, solo que comí muchos dulces y que me sentía muy ansiosa. Salí a mi cita con G, mi otro psiquiatra, llorando todo el camino y haciendo un esfuerzo por concentrarme en manejar.

G siempre me tranquiliza, aunque no podía parar de llorar y sentía como un millón de ideas se apretaban dentro de mi cabeza. Ideas de muerte, las más peligrosas, ideas y planes de como llevarlo a cabo, ideas aún más peligrosas. G me recetó una dosis grande de lo que me gusta llamar como el rey de los antipsicóticos. Modificó un par de cosas más en el tratamiento y me mandó a casa derechita a hablar con mis papás. Prohibido estar sola. De no obedecer las indicaciones me internaría. Dos personas muy queridas se ofrecieron a ir por mi para llevarme casa, pero no quería que me vieran en este estado. Y como las amenazas a veces si funcionan, llegué a hablar con mi mamá, a explicarle con la mayor calma posible como estaba teniendo una crisis depresiva bastante de cuidado y como prácticamente tendría que cuidar de mi como un bebé.

Viernes. Dormí 20 horas, solo me levanté una vez al baño. Ni los recién nacidos duermen tanto. Desperté mareada, ni siquiera podía salir de mi cuarto. Creo que comí y ya era hora de tomarme los siguientes medicamentos, así que me dormí de nuevo. El sábado ya fue mejor, ya tengo recuerdos más firmes de ese día. Aun quería llorar pero ya no estaba tan ansiosa. Mi mamá ya había hablado con G y estaba más tranquila. Me bañé, por fin bajé al primer piso de mi casa. Dificultad para concentrarme, llanto, ansiedad a ratos. Me visitó una amiga muy querida. Como fue pasando el día fue mejorando la situación, mi situación. Me di cuenta de que tengo hambre todo el día y de que tiemblo ligeramente.

Hoy es domingo y sigo en pijama. He ayudado con varias cosas en la casa, hasta colgamos unos cuadros, también me hice el desayuno yo sola. La siguiente meta es acompañar a mi madre al super. No debo manejar ni estresarme jajajaja y tengo prohibido trabajar una semana. Es curioso como una madre profesionista y autosuficiente puede convertirse en alguien sumamente desválido por culpa de unos cuantos neurotransmisores. Y frustrante, mas que curios, frustrante.

Agradezco la preocupación de tantas personas queridas, sus ofertas de apoyo, su presencia, sus llamadas, sus mensajes. Me hacen sentir viva aun en los momentos que es difícil estarlo, cuando la vida parece solo una película mal enfocada. Ahora solo queda esperar a que los medicamentos sigan haciendo su efecto y mi cerebro rebelde vuelva a estar en paz.

Gracias por leerme.

Quisiera decir que todo está en la resiliencia. Pero en ocasiones lo único que nos queda es la resistencia.

SUPERPODERES

Para GR

Hace algunos días, una buena amiga y compañera de ansiedades me platicaba que tiene el superpoder de sentirse a veces muy triste. Un superpoder como lo es leer la mente o volverse invisible, solamente que aún no sabe como utilizarlo. Me pareció una manera hermosa de plantearlo.

Estuve pensando bastante en esto y apenas hoy encuentro la forma de explicarlo. Y va más o menos así…

El cerebro es el único órgano del cuerpo humano al que se le exige socialmente. Pero quizás debería empezar un poco antes mi planteamiento…

Desde pequeños se nos enseña que la tristeza es indeseable, mala, un error. No está permitida, nos vuelve débiles y vulnerables. El ideal es el estado de perpetua alegría y buen humor, cual infomercial de bajo presupuesto. Porque la gente feliz es productiva, agradable, atractiva y una larga lista de fabulosas cualidades ¿no? Aún cuando la mayor parte de la vida vamos y venimos, subimos y bajamos, nos han condicionado a sentirnos frustrados cuando no tenemos ganas de saltar de alegría y cantar en la regadera. Y de llorar y no querer pararse de la cama mejor no hablamos.

Ahora ¿cómo le explico esto a mi cerebro? que como encargado principal de los pensamientos y emociones tiene la OBLIGACIÓN de producir los mismos niveles de neurotransmisores TODOS LOS DÍAS. Y me importa poco como le tenga que hacer, por que uno se puede enfermar de gripa, tos, neumonía, cáncer, diabetes, pero el cerebro tiene la obligación de mantenerse estable SIEMPRE. Por que es el único órgano de maravilloso cuerpecito en el que vivimos que de no comportarse a la altura, será sujeto a la dura crítica de la sociedad que graciosamente habitamos. El portador será señalado como flojo, irresponsable, manipulador, poco confiable, y un largo etcétera.

Cerebro no te canses nunca. Injusto ¿no?

Me gusta pensar que la contraparte de un cerebro brillante y eficiente, es esa sensibilidad tan grande. Una fuerza capaz de lanzarte de la tristeza a la alegría, a la sensación de vacío y desesperanza y de regreso. Un cerebro inteligente, como el que cada uno de nosotros tenemos y decidimos día a día como utilizar y regular. Exigirle hasta el desequilibrio o cuidarlo y alimentarlo de experiencias.

Y de eso se trata la vida.

EL MUERTO

FICCIÓN 3

Para ODF, mon amie

Inés es muy estúpida. Quizás es todo lo que tenga que decir sobre ella. En realidad no la extraño en lo más mínimo. He descansado enormemente de su sonrisa ridícula y su parloteo interminable. Es una dicha que no venga a visitarme. Mudarme ha sido de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Dejar la casa paterna y procurarme mi espacio y mis reglas. Bueno aunque no he sido yo quien las establece totalmente. Desventajas de vivir en comunidad, así lo llamo. Orden y convivencia, así lo llaman.

Y la nueva idea de permitir el acceso a la policía. Yo que sé si se trata de seguridad privada o policía estatal. Da lo mismo. Pago mis cuotas y ellos se encargan del resto. En ocasiones hasta de decidir por mí. Me da igual, la toma de decisiones está sobrevalorada. Ni siquiera es una vigilancia real ni me hace sentir seguro. Su autoridad es temporal, por turno y solo entre los vecinos. Aunque debo admitir que desde que encontraron al muerto los veo más entusiastas y dedicados con su trabajo.

En la familia aseguran que se trataba de juegos de niños, pero es un mentira confortante para una realidad que no querían ver. Inés trataba de matarme, lo sé. De ahogarme, para ser exactos. Mis padres lo saben y jamás han pronunciado una palabra al respecto. Juegos de niños, la muy perra. Sus competencias de aguantar la respiración bajo el agua. Estúpida. En la alberca de la casa de los tíos en San Antonio, en la alberca de la casa de los abuelos en Madrid. En la alberca de nuestra propia casa.

Yo sentado en un peldaño de la escalera, en el área poco profunda. Por que ella era muy pequeña y el hermano mayor debía hacerse cargo de ella. Estúpida. Y yo incontables ocasiones con la cabeza sumergida y los ojos muy abiertos, contemplando los olanes de su traje de baño de catarinas o arcoiris, o alguna pendejada de esas. Y ella empujando mi cabeza con todas sus fuerzas, sin dejarme respirar.

Esa niña nació odiándome, pero era difícil darme cuenta al inicio. Todo es tendencioso cuando tienes cinco años. Los padres ponían las reglas y yo una insuficiente resistencia. Se suponía que debía amarla intensamente, cuidarla y protegerla. A la pequeña arpía. Después empezó la historia patética de que su vida estaba hecha y podían morir tranquilos por que los hermanos se acompañarían por siempre en esta aventura de la vida. Ridículos. Y yo cuidaría de ella. Que puta hueva.

En efecto, dejar esa casa ha sido la mejor decisión de mi vida. Así me haya tomado 30 años.

EL MUERTO

FICCIÓN. 2

Necesitaría volver un año atrás, para ordenar los (escasos) recuerdos.

Conocí a Sharon “gracias” a mi hermana menor. Nulo mi interés como grande la necedad de Ine. Odio que le digan “Ine”. Inés, se llama Inés. Me cuesta trabajo confiar, no no no, me cuesta trabajo tomar en serio a la gente menor que yo. Ignoro si Sharon es menor que yo, nunca se lo he preguntado. No soy yo el que hace las preguntas, a mí los asuntos de los demás no suelen importarme. Y cuando algo me resulta interesante, de cualquier forma termino olvidándolo. Así funciona recientemente.

Recuerdo perfectamente su mirada de desaprobación la primera vez que nos vimos, en un encuentro nada casual orquestado torpemente por mi hermana. Me pareció desagradable, fría. Su línea de presentación fue la siguiente: “Me molesta que la gente fume, huele mal”, mientras clavaba sus ojos grandes y cansados en mi cajetilla de Lucky Strike (it´s toasted) bien guardada en el bolsillo de mi chamarra.

Encantadora la chica ¿No?, parecía poco probable que tres meses después estuviera robándose descaradamente mis cigarrillos de los cajones de mi escritorio, cuando empezó con la manía de revisar mis cosas, de revolver mi cama, de interrogarme y acosarme.

Flores de Bach

Para M y G, que siempre me salvan la vida

No hay que tenerle miedo a los antipsicóticos, dice M, mi psiquiatra. Hay que tenerle miedo a no tomarlos. No hay que tenerle miedo a la enfermedad mental, si no al hecho de andar por ahí suelto sin un diagnóstico y su respectivo tratamiento.

La historia de mi vida. La terapia y el consultorio del psiquiatra han sido una constante, hasta el punto en el que dejan de atemorizarte. Y aunque en nuestro país la salud mental o mejor digamos, la ENFERMEDAD MENTAL sigue siendo un tema escabroso, habemos varios que vamos por ahí luciendo nuestro diagnóstico con orgullo y bien apegados a nuestra medicación. Por que el problema no es estar loco, el problema es no tratarse. Yo por eso digo: “Sí, efectivamente, si quieres llamar loco al que va al psiquiatra entonces yo estoy bien loca. Pero me tomo mis medicinas y eso me hace una loca responsable”.

La sociedad es quien ha vuelto incómodo el término. Actualmente empieza a ser más aceptado ir al psicólogo, pero de medicamentos y el psiquiatra ni hablemos. Eso es de gente rara y perturbada, inadaptados, poco confiables, uy que miedo, ojalá nunca tenga a alguien así en mi familia. Yo me pregunto si se avergonzarán igual de tener diabetes o hipertiroidismo. No no que vergüenza que a alguno de mis familiares le dignostiquen lupus o asma. Seamos coherentes, si el páncreas, el riñón o la tiroides tienen derecho a enfermarse, el cerebro también ¿O no?

Y sí, el diagnóstico puede ser incómodo o impresionante. Puede hacernos sentir expuestos, vulnerables. Porque la primera respuesta de la sociedad ante los padecimientos psiquiátricos es convencernos de que no existen. “Es que eres muy enojón, te estresas mucho, cambia el chip, échale ganas, no te pongas así, cambia tu actitud, lo tienes todo. Ah y ni se te ocurra ir al psiquiatra por que eso es de locos y te darán mil medicamentos que te harán adicto y te pondrán en un falso estado de felicidad. Y los que toman terapia son débiles que no tienen la fuerza de voluntad para salir adelante solos. Y les encanta tirar el dinero”. Mejor enfrentar el problema bien en serio, tanto como paciente y como familiar. Nada de que avergonzarse y mucho por que luchar.

Yo por eso ando por ahí muy orgullosa con mi gotero de haldol en la bolsa. Mis flores de bach, por si me preguntan.

Dolores de cabeza

Como todos sabemos, hay veces que ni la situación económica ni la vida le dan para más a uno. Al respecto puedo decir que actualmente mi economía se encuentra más lesionada que de costumbre. Una semana después, ya que el pánico inicial de un robo comienza a disiparse, me ha caído el golpe de realidad de como fue que de un día para otro me quedé sin un solo objeto de valor en casa. Con esto en mente, y los neurotransmisores bastante desbalanceados por el déficit de sueño, tomé algunas decisiones relevantes. Para empezar, me cambiaría de casa y para seguir, me pondría a dieta.

Y aunque parezcan iniciativas muy diferentes entre sí, la realidad es que son completamente codependientes. Es muy evidente que no tengo dinero suficiente para mudarme y para comprar ropa nueva. Que no me apriete. Y esto no se trata de nuevas vibras y horizontes claros, si no de practicidad pura. No puedo vivir en un lugar donde la seguridad es mínima, y no puedo ponerme la ropa que ya no me entra.

Así es como he ido cayendo en el mundo de las inmobiliarias y de la cetosis. Como características en común, tengo que mencionar que ambas han prometido solucionar mis molestos actuales. Y también, ambas me están produciendo unos dolores de cabeza que son un encanto. Todo aquel que se ha mudado y todo aquel que ha intentado dejar los carbohidratos tiene una clara idea de a qué me refiero. Son dos situaciones indeseables pero que ahí va a meterse uno en ellas con la esperanza ciega de un mundo mejor.

Definitivamente todos nos hemos mudado, pero quizás no todos sepamos de que trata una dieta cetósica, o como se lleva. Yo no soy quien para hablar de nutrición, solo soy una triste gordita que quiere ser fit. O al menos que los pantalones dejen de ser lo único que se le marca en el abdomen. Básicamente la ketosis (en términos agringadous) consiste en disminuir drásticamente la ingesta de carbohidratos, moderar la de proteínas y aumentar la de grasas. Saludables claro, no se trata de comer chicharrones todo el día. De esta manera el metabolismo se modifica y empiezas a usar las grasas como fuente de energía, en lugar de los carbohidratos, transformándote así en una “máquina de quemar grasa” (eso decía el folleto).

Ignoro si me transformaré en una máquina de quemar grasa, pero al menos quiero dejar de ser una máquina de comer galletas. Eso ya sería un gran avance. Así que no puedo decepcionar al pollito de mi mamá, mi querido hermano, quien me motivó a hacer esta dieta por primera vez. Y quien por cierto tiene mas cuadros en la panza que el Louvre en las paredes.

La vida no es justa.

Hola cajas de cartón, cinta canela, aguacate y aceite de coco.

EL MUERTO

Para M y M, por más de 20 años

FICCIÓN. 1

A tientas, busco la almohada extendiendo el brazo derecho y me cubro la cabeza con ella. Con tan poco control de mis movimientos, que consigo empujar la lámpara de la mesita junto a la cama y el vaso que no recuerdo si está o no vacío. La lámpara no está encendida y el vaso no está vacío, lo compruebo al incorporarme de la cama y sentir la alfombra mojada bajo mis pies.

El vecino me ha vuelto a despertar igual que hace tres días, con dos tiros. Tiene la incierta costumbre de disparar dos veces al aire cuando “detecta” alguna actividad sospechosa que pueda comprometer la seguridad de los colonos. Nadie sabe quien lo nombró vigilante o vengador anónimo. Nadie sabe por qué tiene armas. Yo habré cruzado un par de palabras con él alguna vez. No sale mucho, no es muy sociable. Ni yo tampoco. Le preguntaré a Sharon si sabe algo al respecto. Ella de todo se entera y le encanta comunicarlo, se lo solicites o no.

Este suburbio y sus encantadores alrededores comienzan a hartarme. Por supuesto, hace unos meses me hablaron maravillas de él, lo mejor de lo mejor de la ciudad, venga usted y viva rodeado de la sobria elegancia y un entorno natural. Ah! y el lago! Su pinche lago que tanto promocionan. En la vida me acercaría siquiera a tocarlo. Mercadotecnia pura de un estilo de vida que no cualquiera puede pagarse. Y varios incautos caímos.

Después encontraron al muerto.

Sharon, como siempre, fue la primera en enterarse. Adora el protagonismo y yo francamente no soporto eso. El aire de superioridad que siente que adquiere al estar metida en los asuntos de todo mundo. Sharon me trastorna, me confunde y sé que secretamente disfruta haciéndolo. Odio que se crea superior a mí. Sus estúpidos juegos mentales y su manipulación infantil.

Lo encontraron oscilando de derecha a izquierda y de regreso, colgado con un cinturón Ferragamo de la regadera de su habitación. Mármol italiano y toallas de algodón egipcio incluido, ¿O era mármol egipcio y algodón italiano? no recuerdo. Una más de las mil chingaderas sin importancia que se me van de la memoria. Paradójicamente , tampoco recuerdo cuando comencé a olvidar no selectivamente. Pero estoy seguro que desde que la conocí a ella. Cuando el muerto no importaba. Cuando los vecinos no disparaban al aire.

Los héroes de Santorini

Francamente no soporto que nadie toque mis cosas, mi ropa, mis objetos personales. Me molesta que los muevan de lugar, que los acomoden distinto o que simplemente los anden manoseando nomás de a gratis. Si esto me resulta intolerable con mis conocidos, jamás me imagine la sensación al tratarse de desconocidos.

Los eventos suceden cuando menos lo esperamos, ¿no es así? por que les aseguro que lo último en lo que pensaba yo esa bonita tarde de sábado, sin bañarme y con un hambre como de náufrago, era en encontrar las cerraduras de mi hogar tiradas por el piso de la sala. Cuatro chapas tuvieron que forzar para invadir, con aquellos huevos, la privacidad de mi morada. Cuanto tesón debieron tener esos despreciables seres para no dejarse vencer por una ni dos, ni tres ni cuatro cerraduras. Como si mi humilde departamento fuera una chingada bóveda de banco o algo así.

Me baje del carro yo muy fresca y hacendosa, apurada por alcanzar al camión repartidor de agua, no vaya a ser que ya me estuviera faltando un garrafón. Y así, entre las prisas y la falsa sensación de seguridad que nos inventamos todos los días, me encontré con tremendo agujero en la puerta de mi vivienda. ¿Y ahora qué hacemos? le preguntaba mi hemisferio cerebral derecho al izquierdo, mientras mi mano tan veloz e imprudente empujaba la puerta para abrirla. Avancé tres pasos silenciosos y me detuve, sin escuchar ningún ruido, en lo que debieron ser los 10 segundos más lentos de la década. Al final del pasillo, unos calcetines tirados me anunciaban la (nada) buena nueva: ya se metieron a robar.

Con el garrafón bien olvidado y el corazón acelerado salí a gritarle a los vecinos, a pedir ayuda. Silencio. Y entonces mis héroes anónimos de la hidratación, asomándose desde su camión.

-Se metieron a robaaaaaaaar y no se si todavía estén ahí adeeeeeentroooooo

-Orita vamos y nos asomamos señoraaaaaa, usted tranquilaaaaaaa

Y así, armados con tremendo tubo de fierro, que ignoro de donde sacaron (y el cual me pareció más poderoso que la espada del augurio en ese momento) entraron a revisar el departamento. Como ayuda invaluable, yo me senté a llorar en el sillón de la sala, frustrada, impotente y todavía sin entender bien lo que pasaba. Llamé a mi novio, a la chata y al inge más que nada para berrearles en el teléfono cosas poco entendibles y ponerles al tanto de mi situación. Cinco minutos después, yo seguía toda llorosa y llena de mocos. Y ellos ya estaban conmigo.

Finalmente no había ya nadie adentro. Únicamente el desorden, el tiradero de quien busca con prisa las cosas que va a llevarse y por las que no ha trabajado en absoluto. El departamento estaba vacío cuando llegaron, vacío cuando yo llegué. Y vaciado me lo dejaron. Solamente pérdidas materiales, dice la gente. Y pérdida de la tranquilidad y la estabilidad emocional, digo yo.

Han pasado ya cuatro noches, en las cuales no he dormido dos horas seguidas, mientras sigo pensando y pensando en lo que pasó y en lo que pudo haber pasado. Dicen que los peores escenarios están en nuestra cabeza, y pues la mía anda muy creativa últimamente. Y también han pasado cuatro días en los cuales no he parado de trabajar y no he tenido la oportunidad de ver y agradecerles su ayuda invaluable a mis héroes del garrafón.

Café

Por supueeeeesto que existe eso de los hijos favoritos y quien diga que no, miente descaradamente. O no tiene un hermano como Peico, multitalentoso, carismático y hasta güerito. Porque él sin duda es el mero favorito de la chata, lo cual está bien bien, por que yo sé que yo soy la favorita del inge (o eso espero secretamente). Sin embargo la chata con relativa frecuencia le contagia su favoritismo al inge y yo estoy segura que lo güerito tiene mucho que ver.

Peico llegó como un sol a terminar con mi reinado de tres años, contando con su rubia cabellera y sus cachetes pachoncitos. No hablaba nada pero era buenísimo con la andadera, jalándome el cabello y robándome los chupones. Un encanto.

Y claro, como toda madre amorosa la chata nos otorgó unos bellos apodos, que mantenemos hasta la actualidad. Peico es conocido como “el pollito” y aquí su servidora como “el chanate” (*). Y una vez que el pollito comenzó a hablar y a llenar su cabecita curiosa de más y más conocimientos, pronunció su más célebre frase hasta hoy, misma que marcó mi primera infancia.

– Mamá, ¿Por qué yo soy blanco y mi hermanita es café?

La verdad de la respuesta ya no me acuerdo, pero a partir de entonces cada que el pollito me decía café, la chata lo corregía:

-Tu hermana no es café, es apiñonadita

Ahora el pollito es un hombre hecho y derecho, inteligente y talentoso como pocos, y mi mayor orgullo. Y no hay día que no lo extrañe. Ahora cuando va a ser su cumpleaños la chata y el inge convocan a una reunión familiar previa para grabarle un video cantándole las mañanitas. Yo les tengo que llamar para que me feliciten.

(*) Xanate, cuervo

El Veintinueve

Nací una fría mañana de enero. Fría según el inge, considerando qué tanto frío pudiera sentirse en Culiacán en invierno. O en cualquier otra de sus poco benévolas estaciones. Era jueves y la vecina se dio cuenta de que “la niña ya había nacido” al encontrar la luz encendida y el periódico tirado afuera de la que sería mi primera casa.

Algunas horas antes, ya en el transcurso de la madrugada del veintinueve, la chata empezó como que a arrepentirse de haber decidido ser madre. Habían ya empezado aquellos señores dolores, que aumentando rápidamente en intensidad y frecuencia, la convencieron de despertar rápidamente al inge, para compartirle a gritos la dicha de ser padres.

Sin embargo, y contrario a lo que la madre naturaleza proclame, el inge ya estaba muy leído y documentado en aquellos menesteres del embarazo y la paridera. Así que una primeriza pues, de acuerdo a sus fuentes bibliográficas, tardaría todavía como unas 24 horas en animarse a sacar al chamaco, o chamaca en este caso. Por lo tanto le comunicó a la chata que por qué mejor no se dormían otro ratito y después de un buen desayuno pues ya verían ¿no?, mientras la tapaba amorosamente con una cobijita. Misma que la chata aventó por allá considerando mentalmente que esas eran chingaderas y que ya era hora de correrle al hospital.

Y pues como en corrido de Lamberto Quintero, llegaron a la Clínica Santa María, que sería testigo de mi profesional y expedita llegada a este mundo a las puras 9 de la mañana.

El baby shower estaba programado para el sábado, así que nadie me regaló nada.

Igualito que el día que me fracturé un pie el mero y preciso día de mi cumpleaños, donde tampoco me regalaron nada. Bueno sí, una cirugía de urgencia y muchas preguntas y comentarios mordaces sobre como me había caído yo de una litera y ¡Ay!¡A poco! ¿No me digas que hoy es tu cumpleaños?