Restricción. TRES

Han pasado prácticamente seis meses… Y no deja de ser difícil pensar en ello. Diecisiete días de internamiento y cinco TECS después me devolvieron al mundo real. Me encantaría decir que salí como nueva y cien por ciento recuperada, pero no. Solo fue la preparación para empezar de nuevo. Borrón y cuenta nueva. El mes de diciembre 2019 y enero 2020 son como un espacio en blanco en mi cabeza, de donde solo logro recordar ciertos detalles.

Mi memoria de este 2020 empieza en febrero. Desde que salí del hospital mi psiquitra instaló un nuevo tratamiento y junto a la psicoterapia constante la vida fue cambiando. Nuevos medicamentos, nuevos efectos secundarios, nada del otro mundo. Uno se va acostumbrando. Lo cierto es que la mejoría ha sido inmensa. No puedo decir que todos los días son perfectos, pero mi estado de ánimo se ha acostumbrado a esto y ha aprendido a mantenerse constante. El miedo a la recaída poco a poco a ido desapareciendo a medida que la estabilidad mental va ganando terreno.

Estamos viviendo un año difícil, muy difícil y no se como estaría manejando el aislamiento y la sensación de impotencia y frustración que se vive día con día. Hoy más que nunca valoro mi estabilidad mental y el apoyo que recibí de cada una de las personas que estuvieron ahí para mí en esos momentos, aunque algunas ya no estén más. La gente entra y sale de tu vida y eso también hay que aceptarlo.

Mi memoria volvió completamente, dejé de olvidar palabras, recordé como firmar de nuevo y mi número de teléfono. Y he dejado de torturarme buscando las memorias de diciembre y enero. Así fue, así tuvo que ser. Estoy agradecida conmigo misma por haber tomado varias notas sobre lo que iba sucediendo. Para no olvidar, cuando te advierten que el olvido es un riesgo.

¿Volvería a tomar la misma decisión? definitivamente sí. El internamiento está muy satanizado pero eso no implica que sea de gran ayuda. Un apoyo que nos da miedo elegir, cuando todavía te encuentras en condiciones de elegir. A veces hay que dejar que otros decidan por ti. Confiar. ¿Qué si me dio miedo tomar la terapia electroconvulsiva? Sí claro, pero creo también que es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. De nuevo, confiar en tus médicos y no oponerte a nuevas opciones terapéuticas. Estoy muy agradecida con cada una de esas convulsiones inducidas.

Sé muy bien que no será la última crisis, que no me encantaría volver cada mes al hospital. Pero también he aprendido a considerarlo como una opción. El mundo no se acaba (esperemos) y solo somos un pequeño engrane que a veces no gira en el sentido que debería. Vendrán otras crisis pero estoy segura que sabré salir de ellas. Por que soy más fuerte, por que he estado más abajo. Gracias por leerme.

Restricción. DOS

No hay día que no piense en mis entonces compañeros. En M, que gritaba que estaba harta, encerrada en contra de su voluntad y tenía que estar acompañada por su papá para poder tener algo de contención. En F, que tenía planes de ser jugador de la NFL, millonario y DJ y se negaba a tomarse sus medicamentos. En L, que odiaba a su marido y a sus hijos y se bañaba todos los días a las cinco de la mañana. Y en todas las voces anónimas que escuchaba gritar desde mi habitación en medio de la noche, en las otras secciones del hospital, de una manera que jamás olvidaré. Por que cuando duele la mente los gritos no se parecen a los del dolor del cuerpo.

Yo continuaba muy medicada y los días pasaban sin que me diera cuenta. Mi psiquiatra no estaba contenta con la evolución y decidió tener “una conversación muy seria conmigo”. Las cosas no estaban funcionando. Me ofrecieron dos opciones: cambiar el tratamiento farmacológico y esperar alrededor de un mes (internada) para ver como surtía efecto. O bien, cinco sesiones de terapia electroconvulsiva. Me dieron un día para pensarlo.

La terapia electroconvulsiva o TEC, mal llamada electrochoques. El gran tabú de la psiquiatría. Y ahora la veía tan cerca. Un mes sintiéndome quien sabe como sin garantía de mejoría. Un ciclo de cinco sesiones de TECs. ¿Ustedes que hubieran hecho? Lo pensé todo el día y toda la noche, lloré, me moría de miedo, hice berrinche, me sentía ansiosa y vulnerable. Pero al día siguiente firmé mi hoja de autorización para las terapias y su respectiva anestesia. Amigos no todo es como en las películas. Por supuesto que anestesian a los pacientes para que las convulsiones no les vayan a ocasionar alguna fractura. Por que finalmente de eso de tratan las TECs, de aplicar una corriente eléctrica modulada y calculada capaz de “resetear” las neuronas, mejorar la producción de los neurotransmisores y la asimilación de los medicamentos. De ninguna manera se trata de un castigo o una medida desesperada, como tristemente se ha considerado.

Con el miedo bien metido en el pecho les avisé al inge y la chata. Los dos lloraron. El miedo, la desesperación, la impotencia, el deseo de mejoría. La decisión estaba tomada. Y empezó la preparación. Para poder mejorar la respuesta cerebral, para disminuir el umbral a la convulsión hay que “desintoxicar” al cuerpo de los medicamentos, por lo que me los suspendieron por tres días. TODOS. Todos los medicamentos que tenía meses tomando. Estaba aterrorizada, sin apoyo farmacológico, sin dormir y con el único deseo constante de hacerme cortes en los brazos. Motivo principal por el que había terminado en ese lugar. ANSIEDAD.

Seis y media de la mañana. Llego una enfermera por mí, me preguntó si estaba en ayuno y si había ido al baño. Y me llevó entre pasillos y patios hasta la sala de las terapias. Todo con medidas de seguridad estrictas. Llegamos, había alrededor de ocho pacientes entre los que esperaban y los que ya se estaban recuperando. Me asignaron una camilla y me dijeron que tratara de dormir un poco, en lo que llegaba mi turno. Dormir, ja! Aproximadamente media hora después me cambiaron a otra sala donde me canalizaron con una solución (suero) y me llevaron ya a la zona de TEC. Un espacio pequeño para una camilla, dos enfermeros, un psiquiatra y un anestesiólogo (maestro mío por cierto) esperando. No quería llorar pero los ojos me traicionaban.

Me limpiaron la frente con un algodón y alcohol y me colocaron los electrodos y una cinta para fijarlos. Otros electrodos en el pecho. Empezaron a tomar la presión. Mi maestro me dijo que todo saldría bien, yo tenía miedo y se me escurrían las lágrimas. Y después nada. NADA. Me perdí. Cuando abrí los ojos estaba en la sala de recuperación, me preguntaron como me sentía. Bien. Un poco confundida, algo de dolor de cabeza, cansada. Me llevaron a mi habitación en silla de ruedas. Me sentía orgullosa de mí, valiente y más tranquila. Lo más temido había pasado y yo estaba bien, como si nada. Hasta que llegué a mi cuarto y me di cuenta de que me había orinado. Empecé a llorar, me sentí tan vulnerable y tan cansada de todo. Pero después de un baño (con agua nada caliente) las cosas se empezaron a acomodar. Llegaron el inge y la chata. Me veían como si hubiera vuelto del matadero.

El resto del día fue dormir y recuperarme. La primera es la peor, me habían dicho. Pero no había sido tan malo. He llegado a la conclusión de que no se siente nada. No nausea, no vómitos, no dolor. Y así transcurrieron otras cuatro sesiones, en días alternados, cada una igual a la previa. Los días se volvían más confusos y se me olvidaban algunas cosas, sobre todo palabras. Me dijeron que era normal y que pasaría, que no me esforzara en recordar. Afortunadamente hoy puedo decir que es cierto.

Restricción. UNO

Uno de los problemas con la enfermedad mental es el hecho de que aún cuando tomes tu medicación correctamente, acudas a tus citas con el psiquiatra y a psicoterapia y sigas todas las indicaciones dadas, siempre existirá un algo. Un extra. Una posibilidad de crisis muchas veces de origen inexplicable.

Y así fue como empezó todo. Podríamos decir que el 2019 no fue precisamente mi año, podríamos decir que la crisis empezó desde abril y que el resto del año fue supervivencia pura. Y ya no había más que hacer, y la decisión se tomó : el temido internamiento. Temido por mí, indicado por mi psiquiatra. Durante el periodo que estuve internada en un hospital psiquiátrico (así, con todas sus letras), tomé muchas notas al azar, pensamientos e ideas aisladas que iban y venían, situaciones que no quería olvidar cuando la memoria me traicionara. Me tomó alrededor de cuatro meses atreverme a leerlo. Y esto proviene directamente de ahí.

El trámite de internamiento duró alrededor de tres horas, un par de entrevistas muy extensas y uno de mis familiares siempre ahí. Mientras esperar, esperar. Afortunadamente fui candidata para ingresar a la clínica de ansiedad y depresión, con sus instalaciones independientes de las áreas comunes. Esto por que no representaba yo un peligro para mí misma ni para los otros pacientes. Entonces podría tener mi propia habitación y mi propio baño, del cual nunca salió agua caliente, pero esa es otra historia. Revisaron mi maleta con ropa y me dejaron entrar junto con la chata, que no se me despegaba. Todo con medidas muy estrictas de seguridad para los ingresos.

Muchos pensaran, incluyéndome a mí, que los hospitales psiquiátricos son lugares oscuros, sucios, tenebrosos. Al menos yo tenía esa idea y también mucho miedo, pero las instalaciones resultaron ser muy diferentes a lo que yo me imaginaba. Corredores y espacios amplios, una terraza pequeña, un comedor, un gimnasio y las habitaciones. Ocho o diez, no recuerdo. Mi habitación tenía una cama individual y un sillón, baño y hasta una tele. Quienes me conocen bien saben que no veo la tele, desde niña. Me llamó la atención que no había espejos, las ventanas tenían barrotes y las regaderas no tenían el tubo por el que sale el agua. Todo por obvias razones.

El día que me ingresaron era 13 de diciembre, lo recuerdo bien, viernes 13. Los días eran rutinarios y vigilados. Valoración diaria por el psiquiatra asignado, cambios en los medicamentos, comidas con horario. La rutina sienta bien en esos casos. Además de las tres comidas, servidas puntualmente en el comedor, el resto del día era libre. Al menos para mí, una vez terminada la consulta con mi psiquiatra. No es el mejor lugar para recibir visitas, no quería que nadie me viera en esas condiciones, o mejor dicho, en ese lugar. Aún así mi familia y amigos cercanos estuvieron siempre al pendiente, física y moralmente. Mis actividades se resumían en comer galletas, tomar café, dormir y leer. Mi interacción con mis compañeros era poca, supongo por que todos pensábamos lo mismo: yo no estoy tan mal como aquellos, tan mal como para estar aquí.

Pero vaya que lo estábamos.

Paciencia y COVID

Bueno pues después de que los síntomas empezaron el pasado jueves y me regresaron del trabajo el viernes, hoy lunes es día de la prueba. O era, por que acabo de regresar de la toma. Aunque más bien debería decir las tomas. Desde que supe que debería hacerme el examen, estuve buscando la manera de hacerlo tanto por la Secretaría de Salud como en los laboratorios privados. Y en ambos lugares conseguí cita el mismo día: el lunes.

Así que hoy me levanté muy temprano y muy dispuesta para mi primer cita a las 10:30 hrs. El inicio no fue muy digno, me perdí para llegar al centro de salud y cuando por fin encontré la calle, un tianguis lleno de gente se interpuso ante mí. Así es, lleno de gente. Llegué rayando a la cita y me recibieron muy amablemente y con mi cubrebocas bien puesto. Poca gente en el lugar y el acceso muy controlado. Todo el personal de salud con uniforme de protección, careta, lentes y cubrebocas.

El olor a cloro concentrado me hacía llorar mientras esperaba mi turno. Después de 30 minutos me llamaron, verificando mi nombre y mis datos en una lista con las citas hechas previa llamada telefónica. Pasé a un cubículo pequeño donde un doctor y una doctora se presentaron muy amablemente con dos cotonetes gigantes en la mano. -Aguanta un poquito y sin moverte, por que va a sentirse raro- me dijo él. Raro. Metieron un cotonete por mi narina derecha hasta donde un dedo no sería capaz de llegar, la garganta me picaba y me dieron ganas de toser pero no me moví ni un milímetro. Con el otro cotonete tomaron una muestra de mi garganta, la cual no fue nada molesta en comparación con la biopsia de cerebro que me acababan de hacer. Eso fue todo. Completamente gratuito. Excelente servicio.

Verificaron mis datos y me indicaron que me llamarían en 48 a 72 horas. Salí estornudando y dando las gracias y me fui, con cuidado de rodear la calle del tianguis.

Hora de la segunda toma en el laboratorio. Lo primero que me llamó la atención es que la toma de muestras para COVID-19 se hace fuera de las instalaciones del laboratorio. Tienen armado todo un laberinto de toldos y módulos donde te registras de nuevo con todos tus datos y después te pasan a la toma de muestras. Yo, como toda una reciente experta, ya no me iba a sorprender. Me senté de nuevo y me descubrí la cara y ahora, novedosamente, sacaron dos pequeños cepillitos con muy malas intenciones. Algo así como el cepillo de un rimel. Evidentemente uno iba destinado a mi otra narina (por fortuna) y a mi garganta. Molestó un poco más, se me salió una lágrima por reflejo del ojo izquierdo y me dieron muchas ganas de vomitar. Servida. Sus resultados se los haremos llegar ente 48 y 72 horas. Eso fue todo. Con un costo moderado. Excelente servicio.

Ahora solo queda esperar. Esperar a que me deje de doler la nariz, a que se pasen las nauseas y a que lleguen mis resultados. La paciencia no se encuentra entre mis virtudes, siempre lo he dicho, pero ahora no me queda mas que ejercitarla. Dos días, tres días, parece poco tiempo excepto cuando esperas un resultado. Me siento un poco angustiada pero no quiero que la frustración me gane. Esperar, esperar, que el mundo no se va a acabar.

DEL COVID Y OTROS EXÁMENES

Escribo esto desde la comodidad de mi solitario hogar. Confinada, pero confinada en serio. Aislada, como dicen por ahí, en cuarentena, como dicen por allá.

En realidad y con las medidas de protección extremas, mi vida no había cambiado tanto. Al dedicarme al área de la salud pues el trabajo no es algo que puedas dejar así como si nada. Seguía yendo al hospital, menor número de cirugías, traje desechable, careta, lentes, mascarilla. Adaptada a la nueva normalidad.

Todos hemos tenido nuestros momentos de paranoia, de ya me dio ya me dio, pero en general había estado tranquila. Con el ligero problema de que no me era posible realizar el confinamiento al 100%. Pero ¿Qué podría salir mal si tanto me estaba cuidando? Únicamente de la casa al trabajo y ocasionalmente al supermercado, pero nada más. Muy consciente y responsable. Después me di cuenta a la mala de que no era precisamente suficiente.

La semana transcurrió entre mucho cansancio y apatía, mucho sueño y pocas ganas. Los síntomas empezaron el jueves por la noche. Raro. Dolor de garganta, dolor de cabeza, cansancio brutal. Algo de dolor en el pecho. No se me ocurrió pensarlo hasta el viernes a media mañana, cuando ya me costó mucho levantarme de la cama. La gran incógnita ¿Y si es COVID? ¿Y si solo es una gripa pinchurrienta que me está asustando? Seguro es gripa, por que esto no me puede estar pasando a mí. Por que me siento mal, pero no tan mal.

Me fui responsablemente al hospital donde trabajo y ellos aun mas responsables, no me dejaron entrar. Fiebre. Me mandaron a mi casa a aislarme y que por favorcito no volviera hasta que no les trajera una prueba negativa. Y bueno, a enfrentar la realidad. Como que aun no me cae el veinte y sigo pensando que es gripa, pero estoy bien encerrada. El inge y la chata están preocupados. Yo les digo que todo estará bien y saldrá negativa. O al menos eso es lo que espero.

Tengo cita para mañana a las 10:30 hrs para mi prueba y estoy más nerviosa que con un examen final de anatomía patológica. Y los resultados estarán listos en 48 hrs. Dos eternos días. No he podido tomar otro medicamento que no sea paracetamol por que está contraindicado y he tenido que estar revisando mi temperatura y oxigenación en sangre cada 6 horitas. Todo va bien. Estoy segura que es una gripa.

Sé que soy personal de salud y que por lo mismo me encuentro más expuesta al contagio, pero también se que andan por ahí muchos pacientes positivos asintomáticos regando el virus por todos lados. Paciencia. Paciencia y no caer en paranoia. En este momento buscar el lugar exacto donde me pude haber contagiado no es ni la mejor opción ni lo más factible.

El virus está ya en todo lados. Lo bueno es que yo solo tengo gripa ¿Verdad?

EL MUERTO

FICCIÓN 4

Para CH

Sharon insiste en que deberíamos vernos más seguido, que deberíamos dedicarnos más tiempo. En que ella se esmera en poner todo de su parte en lo que a la relación se refiere, y yo mientras tanto, soy un egocéntrico, egoísta incapaz de querer a otra persona que no sea yo. No me gusta cuestionarme mucho las cosas, pero si le resulto tan insufrible a sharonlamártir, ¿Para qué chingados insiste tanto en verme? Eso me parece un capricho y me recuerda a Inés. La obsesión por la atención, tan consentida. Todo en la vida le ha ido bien, sin mover un dedo, sin costarle trabajo.

Una estúpida con suerte, todo en el mundo dispuesto a acomodarse para su beneficio. La universidad con honores, la maestría en NZ, todo. Una gran manipuladora, usando su posición privilegiada a su favor. Soy hombre de pocas palabras. Equivalentemente soy hombre de pocas lágrimas. Mi hermana siempre conseguía hacerme llorar. De dolor, de rabia, supongo de tristeza. Me encabronaba que tuviera esa capacidad. Desde niños, cuando la muy pendeja metió la mano en el plato de croquetas de mi perro, mientras comía. Era muy obvio que Sherman la mordería. Y muy injusto lo que sucedería.

Lo sacrificaron, así sin más. Sin tomarme en cuenta, sin preguntar. Yo sabía la verdad y ellos solo pensaban en ella. Lloré días y noches, hasta cansarme, o hasta hartarme. Ni siquiera fue una mordida grave. Estúpida. La llevaron al hospital y a mi perro lo durmieron. Y eso fue todo.

Resistencia

Me gusta escribir lo que pienso, pero también me gusta pensar lo que escribo. Reviso los textos antes de publicarlos o presentarlos. A veces una frase, una palabra, algo que sienta que puede mejorarse. No puedo hacer eso hoy. Hablo mucho mucho mucho de salud mental, de como debemos procurarla, estar informados, valorarla, apoyar, etc, etc. Con cada estado, cada foto, cada texto que publico, con que a una persona le sea de utilidad, le caiga en el momento en que lo necesitaba, o le ayude a acercarse y pedir apoyo; con eso siento que una buena parte de lo que hago tiene sentido. Pero casi nunca hablo de mí, de mi experiencia personal, de mis altas y bajas o de como he vivido y convivido con el padecimiento por tantos años. Quizás me da un poco de vergüenza o quizás no quiero aburrir a la gente.

Este texto sale en un momento difícil. Han sido días difíciles, ha sido un torbellino, una montaña rusa y un carrusel. Todo al mismo tiempo. Decidí escribirlo durante la crisis y lanzarlo así tal cual, sin releerlo siquiera. Disculpen las faltas de ortografía, sintaxis y gramática. Muchas veces me han preguntado como se siente, o que se siente estar mal, o una crisis o un episodio o algo así. Intentaré explicarlo.

Es domingo. Escribo esto desde la casa de mis padres, con un termo de agua y una taza de café al lado. El agua por que las medicinas dan mucha sed, el café por que es necesario, y de casa de mis padres por que en este momento mis doctores consideran que no debo estar sola. Es difícil y es muy tenue la línea entre sentirse acompañado y sentirse vigilado.

Las cosas ya se venían arrastrando desde hace tiempo, periodos malos, periodos buenos, modificaciones de tratamiento y todo lo que trae consigo una enfermedad crónica. Yo padezco trastorno bipolar tipo II desde los 15 años de edad probablemente. Desde niña tenía comportamientos extraños, así que quizás la edad de inicio no fueron los 15. Apenas llevo cinco años con un diagnóstico y un tratamiento bien llevado. El bipolar nunca va a consulta cuando trae toda la energía de la hipomanía, nadie va al doctor cuando se siente super bien. Buscas ayuda cuando estás deprimido, por lo que el diagnóstico suele confundirse.

Las cosas se complicaron el martes por la noche, no ocurrió nada excepcional. El estrés normal de la casa, la hija puberta, el trabajo. Ya tarde en la noche empecé a llorar inexplicablemente. Un llanto incontrolable y pensamientos paranoicos sin sentido: que todo estaba mal en mi vida, que nadie me querría en los momentos de crisis, voces, voces, voces, que el futuro era catastrófico, llanto, llanto. Después los ruidos, cada vez más fuertes y claros, y las sombras en la pared tan grandes y amenazantes. Y yo no sabía si era real o no por que no podía moverme de ahí, por que a donde fuera irían tras de mí. Hice lo que suelo hacer cuando mis pensamientos me generan este tipo de miedo (léase cuando tengo un brote psicótico): me cubrí con una cobija y me metí al closet. El hecho de sentirme abrazada por la tela y en un lugar obscuro me tranquiliza un poco en esos momentos.

En algún momento me quedé dormida. El miércoles fue un desastre. Dormir toda la mañana e irme a trabajar confundida y desorientada. Me quedé toda la tarde en el estacionamiento subterráneo del hospital llorando y dormitando. Un amigo me ayudó a conseguir clonazepam (el famoso rivotril) y me tomé unas gotas. Sentada esperando la cita con mi psicoanalista unas horas después. No recuerdo muy claramente. Llegué a la cita llorando y sin decir nada coherente, en eso momento no se ni a que se debía el llanto. Quería explicarle como me sentía, pero creo que era más que evidente. Ella se puso en contacto con mi otro psiquiatra, me mandaron a tomar una dosis mas fuerte de antipsicótico y a cita con mi otro psiquiatra. M me mandó que no trabajara por tres días.

Algo que me estresa mucho de mis crisis es hablarlo con mi familia. Comunicarles que me siento mal. Preocuparlos y no poder responder las preguntas que quisieran hacerme. Siempre trato de aguantar y no decirles. Y eso evidentemente no siempre funciona. Después de dormir toda la mañana del jueves decidí desobedecer e irme a trabajar, en mi afan de seguir con mi falsa normalidad. De las peores decisiones que pude haber tomado. Ni siquiera recuerdo bien que hice, solo que comí muchos dulces y que me sentía muy ansiosa. Salí a mi cita con G, mi otro psiquiatra, llorando todo el camino y haciendo un esfuerzo por concentrarme en manejar.

G siempre me tranquiliza, aunque no podía parar de llorar y sentía como un millón de ideas se apretaban dentro de mi cabeza. Ideas de muerte, las más peligrosas, ideas y planes de como llevarlo a cabo, ideas aún más peligrosas. G me recetó una dosis grande de lo que me gusta llamar como el rey de los antipsicóticos. Modificó un par de cosas más en el tratamiento y me mandó a casa derechita a hablar con mis papás. Prohibido estar sola. De no obedecer las indicaciones me internaría. Dos personas muy queridas se ofrecieron a ir por mi para llevarme casa, pero no quería que me vieran en este estado. Y como las amenazas a veces si funcionan, llegué a hablar con mi mamá, a explicarle con la mayor calma posible como estaba teniendo una crisis depresiva bastante de cuidado y como prácticamente tendría que cuidar de mi como un bebé.

Viernes. Dormí 20 horas, solo me levanté una vez al baño. Ni los recién nacidos duermen tanto. Desperté mareada, ni siquiera podía salir de mi cuarto. Creo que comí y ya era hora de tomarme los siguientes medicamentos, así que me dormí de nuevo. El sábado ya fue mejor, ya tengo recuerdos más firmes de ese día. Aun quería llorar pero ya no estaba tan ansiosa. Mi mamá ya había hablado con G y estaba más tranquila. Me bañé, por fin bajé al primer piso de mi casa. Dificultad para concentrarme, llanto, ansiedad a ratos. Me visitó una amiga muy querida. Como fue pasando el día fue mejorando la situación, mi situación. Me di cuenta de que tengo hambre todo el día y de que tiemblo ligeramente.

Hoy es domingo y sigo en pijama. He ayudado con varias cosas en la casa, hasta colgamos unos cuadros, también me hice el desayuno yo sola. La siguiente meta es acompañar a mi madre al super. No debo manejar ni estresarme jajajaja y tengo prohibido trabajar una semana. Es curioso como una madre profesionista y autosuficiente puede convertirse en alguien sumamente desválido por culpa de unos cuantos neurotransmisores. Y frustrante, mas que curioso, frustrante.

Agradezco la preocupación de tantas personas queridas, sus ofertas de apoyo, su presencia, sus llamadas, sus mensajes. Me hacen sentir viva aun en los momentos que es difícil estarlo, cuando la vida parece solo una película mal enfocada. Ahora solo queda esperar a que los medicamentos sigan haciendo su efecto y mi cerebro rebelde vuelva a estar en paz.

Gracias por leerme.

Quisiera decir que todo está en la resiliencia. A veces la resistencia es la única opción.

Superpoderes

Para GR

Hace algunos días, una buena amiga y compañera de ansiedades me platicaba que tiene el superpoder de sentirse a veces muy triste. Un superpoder como lo es leer la mente o volverse invisible, solamente que aún no sabe como utilizarlo. Me pareció una manera hermosa de plantearlo.

Estuve pensando bastante en esto y apenas hoy encuentro la forma de explicarlo. Y va más o menos así…

El cerebro es el único órgano del cuerpo humano al que se le exige socialmente. Pero quizás debería empezar un poco antes mi planteamiento…

Desde pequeños se nos enseña que la tristeza es indeseable, mala, un error. No está permitida, nos vuelve débiles y vulnerables. El ideal es el estado de perpetua alegría y buen humor, cual infomercial de bajo presupuesto. Porque la gente feliz es productiva, agradable, atractiva y una larga lista de fabulosas cualidades ¿no? Aún cuando la mayor parte de la vida vamos y venimos, subimos y bajamos, nos han condicionado a sentirnos frustrados cuando no tenemos ganas de saltar de alegría y cantar en la regadera. Y de llorar y no querer pararse de la cama mejor no hablamos.

Ahora ¿cómo le explico esto a mi cerebro? que como encargado principal de los pensamientos y emociones tiene la OBLIGACIÓN de producir los mismos niveles de neurotransmisores TODOS LOS DÍAS. Y me importa poco como le tenga que hacer, por que uno se puede enfermar de gripa, tos, neumonía, cáncer, diabetes, pero el cerebro tiene la obligación de mantenerse estable SIEMPRE. Por que es el único órgano de maravilloso cuerpecito en el que vivimos que de no comportarse a la altura, será sujeto a la dura crítica de la sociedad que graciosamente habitamos. El portador será señalado como flojo, irresponsable, manipulador, poco confiable, y un largo etcétera.

Cerebro no te canses nunca. Injusto ¿no?

Me gusta pensar que la contraparte de un cerebro brillante y eficiente, es esa sensibilidad tan grande. Una fuerza capaz de lanzarte de la tristeza a la alegría, a la sensación de vacío y desesperanza y de regreso. Un cerebro inteligente, como el que cada uno de nosotros tenemos y decidimos día a día como utilizar y regular. Exigirle hasta el desequilibrio o cuidarlo y alimentarlo de experiencias.

Y de eso se trata la vida.

EL MUERTO

FICCIÓN 3

Para ODF, mon amie

Inés es muy estúpida. Quizás es todo lo que tenga que decir sobre ella. En realidad no la extraño en lo más mínimo. He descansado enormemente de su sonrisa ridícula y su parloteo interminable. Es una dicha que no venga a visitarme. Mudarme ha sido de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Dejar la casa paterna y procurarme mi espacio y mis reglas. Bueno aunque no he sido yo quien las establece totalmente. Desventajas de vivir en comunidad, así lo llamo. Orden y convivencia, así lo llaman.

Y la nueva idea de permitir el acceso a la policía. Yo que sé si se trata de seguridad privada o policía estatal. Da lo mismo. Pago mis cuotas y ellos se encargan del resto. En ocasiones hasta de decidir por mí. Me da igual, la toma de decisiones está sobrevalorada. Ni siquiera es una vigilancia real ni me hace sentir seguro. Su autoridad es temporal, por turno y solo entre los vecinos. Aunque debo admitir que desde que encontraron al muerto los veo más entusiastas y dedicados con su trabajo.

En la familia aseguran que se trataba de juegos de niños, pero es un mentira confortante para una realidad que no querían ver. Inés trataba de matarme, lo sé. De ahogarme, para ser exactos. Mis padres lo saben y jamás han pronunciado una palabra al respecto. Juegos de niños, la muy perra. Sus competencias de aguantar la respiración bajo el agua. Estúpida. En la alberca de la casa de los tíos en San Antonio, en la alberca de la casa de los abuelos en Madrid. En la alberca de nuestra propia casa.

Yo sentado en un peldaño de la escalera, en el área poco profunda. Por que ella era muy pequeña y el hermano mayor debía hacerse cargo de ella. Estúpida. Y yo incontables ocasiones con la cabeza sumergida y los ojos muy abiertos, contemplando los olanes de su traje de baño de catarinas o arcoiris, o alguna pendejada de esas. Y ella empujando mi cabeza con todas sus fuerzas, sin dejarme respirar.

Esa niña nació odiándome, pero era difícil darme cuenta al inicio. Todo es tendencioso cuando tienes cinco años. Los padres ponían las reglas y yo una insuficiente resistencia. Se suponía que debía amarla intensamente, cuidarla y protegerla. A la pequeña arpía. Después empezó la historia patética de que su vida estaba hecha y podían morir tranquilos por que los hermanos se acompañarían por siempre en esta aventura de la vida. Ridículos. Y yo cuidaría de ella. Que puta hueva.

En efecto, dejar esa casa ha sido la mejor decisión de mi vida. Así me haya tomado 30 años.

EL MUERTO

FICCIÓN. 2

Para MOR

Necesitaría volver un año atrás, para ordenar los (escasos) recuerdos.

Conocí a Sharon “gracias” a mi hermana menor. Nulo mi interés como grande la necedad de Ine. Odio que le digan “Ine”. Inés, se llama Inés. Me cuesta trabajo confiar, no no no, me cuesta trabajo tomar en serio a la gente menor que yo. Ignoro si Sharon es menor que yo, nunca se lo he preguntado. No soy yo el que hace las preguntas, a mí los asuntos de los demás no suelen importarme. Y cuando algo me resulta interesante, de cualquier forma termino olvidándolo. Así funciona recientemente.

Recuerdo perfectamente su mirada de desaprobación la primera vez que nos vimos, en un encuentro nada casual orquestado torpemente por mi hermana. Me pareció desagradable, fría. Su línea de presentación fue la siguiente: “Me molesta que la gente fume, huele mal”, mientras clavaba sus ojos grandes y cansados en mi cajetilla de Lucky Strike (it´s toasted) bien guardada en el bolsillo de mi chamarra.

Encantadora la chica ¿No?, parecía poco probable que tres meses después estuviera robándose descaradamente mis cigarrillos de los cajones de mi escritorio, cuando empezó con la manía de revisar mis cosas, de revolver mi cama, de interrogarme y acosarme.