Violencia Térmica

Una amiga tenía un novio hace algunos años que para ser incómodamente sincera, nunca me cayó bien. No sé, le gustaba demasiado el futbol y usaba las camisas apretadas. La relación iba y no iba bien, pero seguían juntos. Quizás para tener algo que hacer los domingos.

Peeeroo la verdad, cuando la paciencia se agota, siempre sale a relucir. Y este novio en cuestión tenía una fascinación aferrada por bañarse con agua fría. Sin importar la hora, sin importar la fecha. Yo defiendo la libertad de cada quien de bañarse con el agua como se le venga en gana, cosa que le comuniqué a mi amiga cuando me trajo la queja. Y enfaticé mi argumento con un valiente “Y ya no estés de pinchi enfadosa”. Pero la trama se complica. Dicha fascinación por el agua fría se veía apoyada, no sé si como resultado o a consecuencia, por un boiler que no servía.

Por esto no podría saber si se trataba de una costumbre con bases y fundamentos científicos, o bien, si el boiler descompuesto y la hueva de arreglarlo fueron la motivación.

Hay que tomar en cuenta que la gente hace (hacemos) muchas cosas por amor, pero parece que los baños helados por la mañana, fueron prueba suficiente de la fragilidad de las relaciones humanas. De nada sirvieron las solicitudes, amenazas y chantajes con las que se pretendía lograr echar a andar el boiler de la discordia.

La involucrada comenta que en varias ocasiones, estando de viaje, lo sorprendió bañándose con el agua a punto del hervor. Hecho que sin duda apoya mi segunda teoría.

La relación no prosperó.

La Antidonación

Yo nunca había llorado en un salón de belleza. Ni un puchero. Ni una lagrimita. Tampoco es que me haya pasado la vida en ellos, pero desde que las canas llegaron a mi vida, el tiempo de estancia embellecedora se fue incrementando forzosamente. Esto para tristeza de mi agenda y de mi cartera. Pero el sufrimiento es opcional así que resignadamente me hice el propósito de no ser una señora canosa (y avergonzar a mi mamá) y bueno, de buscar opciones y opciones de salones donde pudieran embarrarme un tinte sin ponerse tan delicados con citas demasiado programadas. Y así llegué al lugar de los hechos.

Después de las tres horas reglamentarias con la cabeza llena de tinte y sintiéndome muy valiente con el pelo ya lavado, surgió la maravillosa idea. Bueno, ¿Y si de una vez aprovecho y pido que me lo despunten? Sí, sí, pero qué bárbara que astuta soy… Después de todo una despuntada de dos centímetros no es precisamente algo muy difícil. O radical.

Así le comuniqué al joven amigo que se me acercó tan en paz, tijera en mano. Oooooye, ¿Podrías despuntarme un poquito el cabello?, para que quede mejor peinado puessss…

El primer tijeretazo lo sentí demasiado pegado al cuello. Demasiado. Lo siguiente fueron los mechones tirados en el piso, de doce centímetros de largo. En realidad nunca podré precisar lo que pasaba por la cabeza del hombre de las tijeras, pero me queda claro que los conceptos de medidas que tenemos los dos son bastante diferentes.

Al momento que le dije “oye esto está muy corto” yo ya no sabía si lloraba o gritaba. Seguramente el tampoco.

-¿No lo querías así?

-NO

-¿Entonces qué hago?

-Pues ni modo que me lo pegues

Y esas fueron mis últimas palabras de la conversación. Mientras con la cara roja morada pensaba en los seis meses de crecimiento que estaban tirados plácidamente en el piso.

Efectivamente solo es cabello. Efectivamente el pelo crece. Efectivamente la gran mayoría de las veces ni me peino. Pero iba a donarlo. Y ni modo. A esperar otros dos años.

Principiante nivel 0

La tecnología nunca ha sido lo mío. Las computadoras se traban si me les acerco, las impresoras huelen mi miedo. Nunca supe quemar un CD. Nunca fui buena en el Nintendo, es más, ni en el Atari. Y ahora no estoy haciendo más que delatar mi edad con toda esta información poco útil.

Pero nunca es tarde para perderle el miedo a algo. Dicen.

Es la primera vez que me siento frente a la pantalla en blanco. El miedo a la hoja en blanco lo he ido perdiendo en privado, pero en un arranque de valentía transformadora decidí aprender a abrir un espacio ordenado (o lo más que pueda) donde pueda desocupar mi cabeza.

Un ejercicio de superación tecnológica, personal y disciplinaria, pues.